Me desperté. Abrí los ojos con esos pocos y débiles rayos de luz que traspasaban la fina capa de vidrio del ventanal. Me sumí en la conciencia y sonreí ante la tarea que hoy realizaría. Algo que quería hacer y que no dejaría atrás, no ahora.
Me levanté de la cama y me metí abajo de la ducha. ¿Porqué no hacerlo en buenas condiciones?
Estuve más de lo común bañándome, repasando una y otra vez cada parte de mi cuerpo.
Una vez a afuera, me vestí, linda, y a la vez cómoda. ¿Porqué no estar linda para ese momento?
Me maquillé, delineándome los ojos como hacía todos los días, sin sombras, ni bases, ni pinta labios, para poder ser siempre yo misma, reconocible desde lejos.
Me puse mis zapatillas favoritas, que estaban hechas mierda, pero eran las únicas en las que mi pie podía estar libre y cómodo, acompañado por las suaves y cálidas telas de la misma.
Hice mi cama, guarde la ropa, enderece los cuadros y llevé conmigo la caja con todas aquellas cartas. Bajé las escaleras, escalón por escalón. Abrí la puerta de la cocina y me dediqué en hacerme un desayuno abundante ¿porqué no hacerlo con la pansa llena?
Me tosté pan y saqué la mermelada, el dulce de leche, el Mendicrin y las medialunas de la heladera. Me preparé un té y luego me dediqué en acabarlo todo, en no desperdiciar toda esa comida que estaba allí.
Una vez terminado mi desayuno, lavé los platos, los guardé, limpié todo, cada rastro de vida en aquella cocina, y el resto de la casa, restregando más de una vez cada rincón, para asegurarme que quedara bien.
Más tarde, cuando la casa ya sacaba brillos como en las propagandas, literalmente, llevé la caja de las cartas al comedor y las repartí por toda la mesa prolijamente.
No necesitaba apurarme, no tenía apuros
Nunca hice una mueca, y así fue transcurriendo el día, siempre con una sonrisa en la cara.
Me tomé el atrevimiento de sacar unos cuantos billetes del cajón de mi padre, para el taxi. No quería usar mi auto, no para esto.
Tomé el taxi, y tuve unas horas de viaje hasta el lugar al que quería ir.
Cuando por fin llegué, le pagué al taxista, me bajé y me di la vuelta, viendo cómo aquel coche desaparecía por la avenida.
Entré por la puerta principal y me dirigí al ascensor. Unas cuantas personas me pararon para preguntarme qué hacía allí, pero siempre respondí: "Tu jefe sabe muy bien porqué, decile que lo espero en media hora en la terraza".
Y eso hice, no tan al pie de la letra, pero me dirigí a la terraza, con una sonrisa de oreja a oreja pintada en los labios.
Una vez en la terraza, puse un pie en el límite, y me dejé llevar, con una sonrisa en los labios.
lunes, 19 de julio de 2010
Con una sonrisa en los labios, volaré
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario